Una nueva forma de medir la pobreza: EE.UU. está por detrás de Europa
Una nueva forma de medir la pobreza: EE.UU. está por detrás de Europa y obliga a mirar más allá de la renta media para entender qué país protege mejor frente a la precariedad real.
Hablar de Una nueva forma de medir la pobreza: EE.UU. está por detrás de Europa puede sonar provocador, sobre todo porque Estados Unidos sigue siendo una de las economías más ricas del mundo en términos de PIB per cápita. Pero justo ahí está lo interesante: esta nueva mirada no pregunta solo cuánto ingresa un país de media, sino cuánto tarda una persona en generar una cantidad básica de poder adquisitivo. El economista Olivier Sterck propone medir la pobreza como el inverso de la renta, de forma que la pobreza media se interprete como el tiempo necesario para obtener 1 dólar internacional. Bajo ese enfoque, en 2025 harían falta unos 63 minutos en Estados Unidos, frente a 26 minutos en Alemania, 31 minutos en Francia y 34 minutos en Reino Unido.
Qué cambia con esta nueva forma de medir la pobreza
La novedad no está en negar las medidas clásicas, sino en señalar sus límites. Los indicadores tradicionales suelen trabajar con una línea de pobreza: quien está por debajo entra en la categoría de pobre y quien la supera queda fuera. Ese método es útil, pero también simplifica mucho una realidad que no suele ser binaria. Sterck plantea que la pobreza se parece más a un espectro que a una frontera rígida, y por eso propone una medida continua: si una persona gana la mitad que otra, sería el doble de pobre en términos económicos.
Esa idea cambia bastante la conversación. Ya no se trata solo de contar cuántas personas cruzan un umbral, sino de observar cuánto de lejos o de cerca está la población de unas condiciones mínimas de vida en términos de poder adquisitivo real. Y eso, cuando se comparan países ricos, ofrece resultados que no siempre encajan con la imagen habitual de prosperidad.
Por qué Estados Unidos sale peor parado que Europa
La conclusión más llamativa del nuevo enfoque es que la pobreza media en Estados Unidos habría aumentado casi de forma continua desde 1990, mientras que en la mayor parte de Europa occidental habría caído. En 1990, según la comparación difundida por Euronews a partir del trabajo de Sterck, Estados Unidos estaba bastante cerca de Francia y por delante de Reino Unido en este indicador. En 2025, en cambio, el tiempo necesario para obtener 1 dólar internacional en Estados Unidos es aproximadamente el doble que en Alemania, Francia y Reino Unido.
Esto no significa que la renta media estadounidense sea más baja. Significa otra cosa más incómoda: que el crecimiento agregado no se ha traducido igual de bien en una reducción amplia de la vulnerabilidad económica. En otras palabras, una economía puede crecer mucho y seguir dejando a una parte importante de su población en una posición relativamente más expuesta que en países con ingresos medios inferiores pero con mejor distribución y más protección social.
El problema de mirar solo la media nacional
Uno de los errores más comunes al comparar economías es quedarse con la cifra media. Estados Unidos suele salir muy bien en ingreso promedio, productividad y tamaño de mercado. Pero la media no cuenta cómo se reparte ese bienestar ni cuánto amortiguan las instituciones públicas los costes más duros de la vida cotidiana.
Ahí entra una parte clave del debate. En muchos países europeos, el salario puede ser menor que en Estados Unidos, pero ciertos gastos esenciales están más socializados o más regulados: sanidad, educación, alquiler en algunos mercados, transferencias familiares o ayudas a rentas bajas. El resultado no es que Europa sea “más rica” en bruto, sino que en muchos casos protege mejor contra la caída en la precariedad severa o persistente. Esa lógica encaja también con las comparativas de la OCDE, que siguen mostrando tasas de pobreza relativa más altas en Estados Unidos que en buena parte de Europa.
Cómo se diferencia esta medida de la pobreza oficial en EE.UU.
Estados Unidos ya tiene desde hace años un debate interno sobre cómo medir mejor la pobreza. La U.S. Census Bureau publica tanto la medida oficial como la Supplemental Poverty Measure o SPM, que incorpora elementos que la estadística clásica deja fuera, como ayudas no monetarias, impuestos pagados y ciertos gastos inevitables del hogar. En 2024, la Census Bureau situó la tasa SPM en 10,6%, una cifra distinta a la pobreza oficial precisamente porque la metodología también lo es.
Eso demuestra algo importante: incluso dentro de Estados Unidos ya se reconoce que medir pobreza solo con un umbral fijo de ingresos es insuficiente. La propuesta de Sterck va un paso más allá, porque no solo ajusta la medición, sino que cambia la forma de pensarla: deja de preguntarse quién está dentro o fuera del grupo de “pobres” y empieza a medir cuánta pobreza hay, de media, en toda la distribución.
Por qué esta nueva mirada resulta tan útil
Lo interesante de esta métrica no es solo su novedad académica. También es útil porque se acerca más a una intuición cotidiana. La mayoría de la gente no vive la pobreza como una frontera estadística, sino como una experiencia de tiempo, esfuerzo y dificultad para cubrir lo básico. ¿Cuánto cuesta llegar a una cantidad mínima de bienestar? ¿Cuánto trabajo o cuánta exposición hacen falta para alcanzar algo elemental? Convertir la pobreza en tiempo ayuda a entenderla de una forma más concreta y menos abstracta.
Además, esta medida es especialmente sugerente en países ricos porque obliga a mirar debajo de la superficie. Ya no basta con decir que la economía crece o que el salario medio sube. La pregunta pasa a ser si ese crecimiento reduce realmente la pobreza media o si, por el contrario, deja a demasiada gente atrás mientras la parte alta de la distribución empuja hacia arriba las medias nacionales.
Europa no aparece como un bloque perfecto, pero sí mejor posicionada
Conviene matizar una cosa: decir que EE.UU. está por detrás de Europa no significa que toda Europa funcione igual de bien ni que no existan desigualdades fuertes dentro del continente. Europa sigue teniendo diferencias muy grandes entre norte, sur, oeste y este, y también entre países con sistemas de bienestar más robustos y otros con coberturas más débiles.
Aun así, en la comparación que ha ganado visibilidad en 2026, países como Alemania, Francia y Reino Unido aparecen claramente mejor situados que Estados Unidos en esta nueva medición. Eso encaja con una realidad más amplia que ya reflejan otras bases de datos: los sistemas europeos, con todos sus defectos, siguen amortiguando mejor ciertos riesgos asociados a ingresos bajos, empleo inestable o gastos esenciales muy altos.
Qué nos dice esto sobre sanidad, vivienda y coste de vida
Aunque la medida de Sterck se formula a partir de ingresos y poder adquisitivo, su lectura conecta con algo muy tangible: la forma en que cada sociedad organiza el acceso a bienes básicos. En Estados Unidos, el peso de la sanidad, la vivienda, el cuidado infantil o la educación puede recaer con mucha más intensidad sobre los hogares. Eso hace que una renta aparentemente razonable se estire menos de lo que sugieren las cifras brutas.
En Europa, la situación no es homogénea, pero en muchos países esos costes están más contenidos por regulación, transferencias o provisión pública. Y eso altera la experiencia real de pobreza o fragilidad. De ahí que un país pueda parecer más rico sobre el papel y, sin embargo, mostrar peores resultados cuando se mide la dificultad media de alcanzar un umbral básico de consumo.
El dato incómodo: crecer no siempre reduce la pobreza media
Tal vez la idea más potente de todo este debate sea esta: el crecimiento económico, por sí solo, no garantiza una caída de la pobreza media. El propio trabajo divulgado por VoxDev muestra que, a escala global, esta nueva métrica sí refleja una caída muy grande de la pobreza desde 1990, pasando de casi medio día para ganar 1 dólar a unas cinco horas en 2024. Pero cuando se entra en el caso estadounidense, el patrón es distinto: la prosperidad agregada no ha impedido que el indicador empeore con el tiempo.
Ese hallazgo resulta especialmente relevante para el debate político actual. Obliga a preguntar no solo cuánto crece un país, sino quién se beneficia, cómo se reparte ese avance y qué instituciones convierten o no ese crecimiento en seguridad material para la mayoría.
Qué valor tiene esta medida frente a las tradicionales
No hace falta convertir esta propuesta en la única forma válida de medir pobreza. La propia discusión internacional sobre estadísticas sociales muestra que cada indicador sirve para iluminar una parte del problema. La pobreza oficial, la SPM, la pobreza relativa de la OCDE y las nuevas métricas multidimensionales siguen siendo útiles porque capturan cosas distintas.
Lo que aporta esta nueva forma de medir la pobreza es otra perspectiva, muy clara y muy incómoda a la vez. Nos recuerda que la pobreza no es solo un grupo de personas por debajo de una línea, sino una distribución entera de vulnerabilidad. Y cuando se mira así, Estados Unidos ya no aparece automáticamente como el gran referente de bienestar comparado. En esa lectura, parte de Europa sale mejor parada no por ser más rica en promedio, sino por reducir mejor la distancia entre crecimiento económico y seguridad material cotidiana.
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